Guarida de ladrones

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Llegaron a la vista de la casa señorial, que amarilleaba entre el follaje verde y gris de los árboles, y Elena detuvo el paso de su montura, como si quisiera retrasar la llegada. Tal vez sentía inquietud al tener que encontrarse con su hermano. Ya casi la había alcanzado Jim, cuando volvió a emprender la marcha. La próxima vez que la miró él, ya había recobrado su posición habitual en la silla.

Al llegar al nivel de la carretera que hace la curva para subir a la casa, Elena esperó a que Jim llegara a su lado, y mirándole de frente, preguntó:

—¿Le queda a usted aún la bastante honradez para decirme la verdad?

—Yo nunca le he mentido —contestó él, muy sorprendido—. ¿Quién es capaz de entender a las mujeres?

—Aquel beso… el primero… ¿fue realmente espontáneo… e impremeditado?

—Señorita Herrick, no sé por quién se lo puedo jurar a usted… no teniendo Dios, ni honor… ni… pero sí… algo me queda: ¡mi madre! Por su recuerdo juro a usted que jamás fue mi ánimo insultarla. Miré hacia arriba…, usted bajó la cabeza… ¡Tiene usted unos labios tan rojos…! Enloquecí y los besé.

Dieron unos diez pasos antes de que ella volviera a tomar la palabra.


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