Guarida de ladrones

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—Le creo a usted —dijo, sin que temblara su sonora voz de contralto, aunque era evidente lo profundo de su emoción—. Lo que ha hecho usted es imperdonable… Pero yo no he debido pegarle con el látigo… Esto, y su afán de asustarme, tal vez puedan justificar su brutalidad… No diré nada… No se vaya usted del Rancho de la Estrella.

Por un instante, sintió Jim un vértigo, cual si estuviera al borde de un precipicio. Aquél era el golpe final del accidentado paseo… El entendimiento de Jim no alcanzaba a comprender lo que ella se proponía. Sólo podía tomar lo dicho al pie de la letra. Pero aquel cambio de repulsión a incomprensible generosidad despertó sus buenos sentimientos.

—Señorita Herrick, mucho lo siento, pero debo marcharme —respondió con tristeza—. No soy más que un caballista errante, un mediano gunman, miembro de una banda de ladrones… y he sido lo bastante loco para enamorarme de usted… Olvídelo… Vuelva usted a Inglaterra… Pero si permanece aquí… no salga sola nunca.

Y espoleando su caballo, cruzó la explanada que conducía al riachuelo. Al bajar por su orilla, vio un compacto grupo de jinetes delante de la barraca de Hays. Su aspecto causó un intenso estremecimiento al joven… ¡Era la cuadrilla de Smoky!


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