Guarida de ladrones

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VIII

Hays estaba delante de su barraca, sin sombrero y con las piernas separadas, como si quisiera echar sólidas raíces en la tierra. Tenía los brazos en jarras, y sus despeinados cabellos color de arena recordaban la melena de un león.

—¡Uf! Parece que el jefe no está para bromas —soliloquió Jim—. No hay más que verle… Apuesto a que está rechinando los dientes… El caso no es para menos. Smoky y su gente se han sublevado, o están a punto de hacerlo… Olfateo que la circunstancia va a ser favorable para mí.

Jim dio la vuelta para meterse en la cuadra, donde quitó la silla al bayo, lentamente. No quería demostrar prisa por enterarse de lo que pasaba. A todo evento, dejó el rifle en la funda de la silla. Si sus cálculos, no fallaban, aquella misma noche se alejaría del Rancho de la Estrella, idea que le complacía, al mismo tiempo que le atormentaba.

Dominando el murmullo del riachuelo, oyó Jim la enojada voz del jefe de la banda. El joven se encaminó al puente, y mientras: lo cruzaba vio los caballos de la pandilla de Smoky con las bridas sobre el cuello, y sus jinetes agrupados frente al porche. Jim subió los escalones.


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