Guarida de ladrones

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Por un estante ardió una llamarada en el pecho de Jim. ¡Cómo se maldijo por su estúpida vacilación! Sus presentimientos eran justos… Había descubierto las perversas intenciones del jefe de la banda, pero fue lo bastante imbécil para no dar crédito a sus propias sospechas. Aquel acto era la sentencia de muerte para Hays. Jim sintió que el frío le penetraba hasta el tuétano, y, haciendo un supremo esfuerzo, púsose a reflexionar. Ese condenado perro había conseguido apoderarse de Elena. ¿Cómo? Eran inútiles las conjeturas, pero ¿convenía matarle sin más ni más? Sus hombres tratarían de vengarle, tal vez la venganza alcanzara a la infeliz muchacha… ¡Imposible! Era preciso mostrarse despreocupado y conciliador… Jim se propuso dominar su furia…, oír el parecer de los demás… y esperar una ocasión propicia.

Había sido una suerte para Jim que la casualidad concediera tiempo para reflexionar y decidir lo que convenía hacer. Si Hank Hays se hubiera presentado ante él de súbito, habría sido su perdición.

Uno de los caballos de carga relinché y los demás enderezaron las orejas.

—Me parece oír el ruido de cascos contra las piedras —dijo Mac, cuyos oídos eran dignos de un perro perdiguero.

—¿Qué ocurre? —preguntó Smoky bajando con viveza.


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