Guarida de ladrones

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Gradualmente, la arena, pedruscos y agujeros obligaron a marchar al paso de los caballos de carga. Hays daba grandes voces a sus jinetes para que aceleraran la marcha, y señalaba la pared de la izquierda, como si de un momento a otro fueran a presentarse por allí los jinetes enemigos. Si así sucediera, pensó Jim, sería el final de la banda de Hays. El pensar en qué se podría hacer, junto con el calor y el polvo, hicieron perder al joven su habitual sangre fría Desde el primer momento en que vio a Elena, prisionera de Hays, concibió el propósito de rescatarla, pero ¿cómo, dónde y cuándo? Lo único que podía hacer era estar alerta y esperar el desarrollo de los acontecimientos. La necesidad más urgente era huir, hasta encontrar algún refugio seguro. Una hora larga de camino, la primera mitad rápida y la segunda lenta, los llevó hasta un espacio abierto que pareció poco seguro a Jim y aumentó las inquietudes de Smoky, que arreó despiadadamente a los caballos de carga.

La próxima señal de vida que dio el lugarteniente fue un tiro de escopeta que repitieron los ecos. Jim corrió hacia él, a tiempo que disparaba una segunda bala, con la cabeza y el arma levantadas hacia la cima de la pared derecha.

—¿A quién tiras? —aullé Brad montando la escopeta.

—He visto jinetes —chilló Smoky—. Se han echado atrás y seguramente quieren tomarnos la delantera.


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