Guarida de ladrones

Guarida de ladrones

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Jim se levantó para cerciorarse de si aquel sitio era realidad o formaba parte de un sueño. Pronto se convenció de lo primero. A sus pies divisé la tiendecita de campaña gris, que Hays había montado para la prisionera. Alzábase contra el bosquecillo de algodoneros, que sólo constaba de unos cincuenta árboles muy jóvenes. Parte de estos árboles estaban más altos que los restantes, hecho que indicaba una desigualdad, en el terreno hacia el centro del bosquecillo. La salvaje exuberancia de las vides, helechos, musgos, hierbas y flores silvestres, daba elocuente prueba de la abundancia de aguas. El bosquecillo estaba separado de la pared por un arroyo por cada lado que, reuniéndose después, desembocaban más abajo en un desfiladero profundo, de oscuras paredes, que en una revuelta se perdía de vista. Mirando en dirección opuesta, vio varios hombres junto a la hoguera, entre los que se contaba el jefe. Más lejos alzábase una pared de piedra blanca, gris y rojiza, a la que las erosiones daban fantásticas formas. El peñascal del otro lado era más imponente, con copas y bancos cubiertos de musgo, cactos y flores. Mucho más allá, una garganta dividía el peñascal, y Jim recordó lo que dijo Hays a propósito de las salidas de la guarida. Por el lado opuesto estaban las escaleras a las que el jefe hizo alusión al hablar de este fantástico lugar.



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