Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Mientras Jim seguía desvelado bajo la blanca luz de las despiadadas estrellas, penetraba en su mente el convencimiento de que si Elena tuviera que permanecer semanas o meses prisionera de aquellos bárbaros, enfermaría seguramente de alma y de cuerpo. Ver cada día sus cabellos de oro, su blanca faz y sus admirables ojos, que nunca podrían perder su belleza, y quizás oír sus desgarradores gritos en el silencio de la noche…, también sería demasiado para él.
Además, comprendía Jim, por estar familiarizado con las leyes especiales porque se rigen los solitarios hombres del Oeste, que al robar Hank Hays una muchacha había hecho traición a su banda, condenándose a sí mismo. Por mucha que fuera la fidelidad, de sus compañeros, la sola presencia de una mujer significa disgregación, ruptura y muerte.
Por último, el sueño cerró los ojos de Jim. La mañana descubrió ante sus miradas un panorama como jamás había visto. El viento, embalsamado y suave, nada tenía de frío: sinsontes, mirlos y alondras mezclaban su melodioso canto, que aún parecía más grato en aquella soledad, y las flemas hojas de los algodoneros volvían su lustrosa cara hacia el sol.