Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Yo no podré matarla… Eso serÃa imposible para mÃ… porque también la amo…
—¡Silencio…! Alguien se acerca… Váyase…, váyase…, usted es mi única esperanza.
Sin una palabra más, levantóse Jim, deslizándose sin ruido entre los árboles, envuelto en la sombra. A punto estuvo de perderse, pero de improviso advirtióle su instinto que estaba al borde de un precipicio que se hallaba entre el bosquecillo y la pared, por cuyo fondo corrÃa el agua. La potente voz de Hays sonaba en dirección contraria. Volviendo hacia la izquierda, ganó un terreno más alto desde el que veÃa de nuevo la hoguera del campamento. Los caballos pacÃan por allà cerca.
Jim empezó a pasear de un lado a otro, pero dióse cuenta de que no era esto lo que debÃa hacer… Si fuera descubierto por Hays o Smoky, acabarÃa por hacerse sospechoso y era preciso evitarlo. Volvió al sitio en que tenÃa su cama, acurrucándose en ella.
Se habla comprometido; habÃa jurado que libertarÃa la prisionera del poder de Hays. Adoraba a la mujer de fina piel y cabellos de oro, pero aunque no fuera asÃ, habrÃa procurado salvarla. Una vez, en el Rancho de la Estrella, habÃa cedido a los impulsos de su avasalladora pasión, pero la señorita Herrick, en su casa, protegida por su hermano y en el pináculo de su elevada posición, era tremendamente distinta de la pobre cautiva en poder de unos ladrones y en la soledad del desierto.