Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Ya hacÃa rato que habÃa empezado la tarde y Jim llevaba más de seis horas de centinela cuando Jeff Bridges se apartó del grupo y trabajosamente fue subiendo por la ladera que conducÃa al puesto de observación.
Jeff era un hombrón pesado y tenÃa poca costumbre de andar a pie. Su encendido semblante estaba cubierto de sudor.
—Jim…, casi te habÃamos olvidado —dijo sin aliento, pero en tono bondadoso—. El jefe no nos ha dejado respirar… Está empeñado en hacer un paraÃso de este hoyo.
Wall cedió los anteojos y el asiento a Bridges.
—No me importa —afirmó el joven—. Me gusta estar aquÃ.
Y sin más, tomó la rojiza senda que conducÃa al fondo del valle. Numerosos conejos le salÃan de entre los pies, para ir a esconderse detrás de cercanos matorrales. Jim sacó la pistola y escogiendo un momento favorable, saltó un ojo a un conejo, repitiendo la operación pocos instantes después. Con un conejo en cada mano, presentóse en la hondonada, echándose a reÃr al ver que no habÃa nadie. Todos se habÃan escondida al oÃr los disparos. A medida que avanzaba el joven, iban saliendo los que se habÃan ocultado, y al llegar junto a la cantina de Happy, ya estaban todos presentes.