Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —¡Uf! —exclamó Hays con forzada risa—. No nos has dado mal susto. ¿Quién diablos iba a suponer que te entretuvieras matando conejos?
—Un par de conejillos tiernos para cenar no nos vendrán mal —observó Jim.
—Seguramente que no —asintió Smoky—. Trae acá. Después de examinar los conejos, exclamó:
—¡Mira esto, Brad…! ¡Ha saltado un ojo a cada conejo…!
—Condenado me vea si no es verdad —dijo aquél sin ocultar su entusiasmo—. ¿A cuántos pasos, Jim?
—No los he contado… Supongo que serÃan unos veinte o más —contestó Jim estirando un poco la verdad. SabÃa el efecto que su punterÃa causaba en aquellas morbosas mentalidades.
—¡Guau…! ¡Vaya punterÃa! —declaró Lincoln.
—Hank…, por favor… No demos motivos a Jim para que tire sobre nosotros —observó Smoky lanzando una ruidosa carcajada.
El jefe, al parecer, no encontró ninguna gracia a la ocurrencia.
—¡Mil rayos! No… No queremos que Jim tire sobre nosotros, ni queremos tampoco tirar sobre Jim. —La respuesta era de doble intención, pero a Jim no le convenÃa darse por entendido.