Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Muy agradecido —dijo Hays—. Me encuentro más a gusto desde que me ha devuelto usted la confidencia… ApostarÃa cualquier cosa a que no ha robado usted nunca. ¿Me equivoco?
—TodavÃa no…, pero, a veces, poco le ha faltado —contestó con amargura Jim.
—Bueno; eso significa que es usted hombre al agua, y un dÃa u otro ha de saltar la lÃnea divisoria.
—Una pregunta más… ¿Qué familia tiene ese inglés? —Por ahora, ninguna. Algo he oÃdo de una hermana que piensa venir, pero aún no se sabe cuándo.
—¿Hermana? Su presencia serÃa endiabladamente importuna.
—Claro está… Estas comarcas no son para mujeres.
Le pareció a Jim que esta conformidad de pareceres reforzaba el naciente vÃnculo que le unÃa al ladrón, que espontáneamente confesaba serlo, y empezó a sentir creciente interés por la situación en que su destino le habÃa colocado. El afán de aventuras habÃa sido importante factor en el suceso que dio fin a su vida errante.