Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —¡Dios poderoso…! ¿Por dónde…? ¿Qué camino traen?
Señalando al Sur, contestó el joven:
—Un poco al sudeste… Siguen una torrentera que los conducirá a la grieta por donde entramos.
—Ya la conozco…, pero el camino es muy pedregoso antes de llegar a ella… ¿Se han buscado los caballos?
—En el valle he visto ocho…, los demás se han alejado.
—¡Tú…! —maldijo Hays con repentino furor—. ¡Vaya una vigilancia la tuya…! ¿Cómo no has avisado con tiempo bastante para recoger y huir?
—No podÃa haberlos visto ni media milla antes —replicó Jim—. Porque salieron por detrás de una loma.
—¡Fuego del infierno…! Me vendrás a mà con ésas… EstarÃas durmiendo.
—¡Mentira! —gritó Jim adelantándose amenazador—. Abre la boca para decirme otra insolencia, y te la cierro para siempre.
—Tú eres: el que ha de cerrar el morro —contestó Hays en tono estridente—. Si no quieres una dosis de la medicina que administré a Brad.
—¡No te temo, perro amarillo, ladrón de mujeres! Smoky corrió a ponerse delante de Jim.