Guarida de ladrones

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—Smoky —dijo con acento breve—: lo que vais a hacer es combatir… La sorpresa me hizo olvidar que la banda de Heeseman se acerca… Los he divisado a unas tres millas… Vienen despacio, pero certeros. No tenemos tiempo de recoger y fugamos. Busquemos, los mejores sitios para defendernos, y llevemos a ellos las municiones… ¡Pronto!

—Heeseman —repitió fríamente Smoky—, por fin, nos ha encontrado… Ya lo suponía… Ea, muchachos, a la faena.

Jim entró en la cantina. Elena debía haber oído algo, porque estaba muy pálida.

—Hemos sido sorprendidos por la partida de Heeseman —dijo él sin rodeos—. Hay que combatir… Para usted será aún peor si cae en manos. Lo siento, pero tenemos que libertar a Hays…, nos hace falta.

—¡Demasiado tarde! —murmuró ella.

—Recoja cuanto le pertenece, y métase lo antes posible en la caverna que está a ese lado.

Y Jim, asiendo la pistola de Hays que estaba sobre la mesa, apresuróse a salir. Mientras quitaba la mordaza y ligaduras al jefe, le puso al corriente de la situación y cuando estuvo libre le entregó el arma.

—Heeseman… Bueno…, que venga —dijo Hays estirando los doloridos miembros. Encaróse después con Jim, preguntando—: ¿A qué distancia están?

—Dos millas.


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