Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Lo comprendo… Verás cómo sucedió: estábamos almorzando, y se presentó Hank para arreglar cuentas. Esta vez, Jim, jugaba limpio. Quiso repartir todo lo que habÃa robado a los ingleses, incluso las joyas y pedrerÃas. Compañeros —dijo—; podrÃa mentir diciéndoos que pensaba hacer el reparto cuando se recibiera el rescate, pero no quiero ir por ese camino. Os he traicionado… por primera vez en mi vida… Yo querÃa guardármelo todo, asà como el rescate… Pero ahora no habrá rescate, porque, esa mujer se quedará aquÃ… Es mÃa y puedo hacer de ella lo que quiera… Si alguno de vosotros no está conforme, que abra el pico. Nos quedamos tan aturdidos, que ninguno vio a la muchacha, que se adelantó por detrás de la cantina. Oyó las últimas palabras de Hank… y hubiera querido que vieras cómo se arrojó sobre el jefe… Éste se quedó inmóvil… Yo creo que le asustaron aquellos ojos… y entonces le quitó la pistola.
—Y ahora ¿qué vais a hacer? —preguntó Jim.
—No me lo preguntes. He dado mi palabra, y sabré cumplirla… Por lo que toca a los otros, todos están a favor de la señorita, con o sin rescate.
De repente salió Jim de su estupefacción para recordar la proximidad de Heeseman.