Guarida de ladrones

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XV

Hays no estaba visible, retumbaban los truenos, repetidos por los ecos, y torrentes de aguas, semejantes a grisáceos velos, se desprendían de rojizas nubes. La tormenta, negra cual la tinta, estaba enganchada en los picachos de las Henry. Hacia el Oeste brillaba el sol entre arreboles de grana y oro, y sobre valles y desfiladeros, los arco iris extendían la belleza de sus etéreos matices.

En los intervalos de las descargas eléctricas, reinaba una tranquilidad absoluta, una bochornosa suspensión del aire. Aun en aquel crítico instante la belleza del panorama no pudo menos de asombrar a Jim, a quien parecía innatural tanta hermosura, cuando la muerte estaba en su proximidad, sangrienta y espectral, y abajo, cerca del arroyo, andaba el empedernido ladrón.

Jim siguió adelante y pronto pudo echar la vista encima al jefe, que andaba despacio, cual sumido en honda preocupación.

Jim, como todo caballista de la frontera, tenía su credo especial. Éste había sido también en el que había vivido Hank Hays, hasta que la belleza de una mujer se lo hizo olvidar. Pero había vuelto a él en el momento supremo. Solo y desafiando a la muerte había ido a decidir la batalla matando a Heeseman. La suerte le fue propicia a Jim; ni aun por la mujer querida, se sentía capaz de cometer un asesinato aunque éste lo justificara la anterior villanía de Hank.


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