Guarida de ladrones

Guarida de ladrones

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—El agua y la arena los destrozarán.

—Y, ¿qué mil diablos nos importa a nosotros…? Si los quito de en medio es por mi prisionera… Esas piltrafas no son ningún recreo para la vista.

Si Jim necesitaba un espolazo para animarle a ejecutar el acto que tenía premeditado, aquellas cínicas palabras le encendieron la sangre.

—Ya los enterraré yo más tarde —dijo.

—Como quieras. Yo, por hoy, ya: he hecho bastante —contestó Hays. Y sentándose pesadamente, se llevó la mano al hombro. Jim observó que el rostro de Hank se contraía y la sangre, después de empañar el pañuelo, se extendía por la camisa.

—Te han dado, según veo.

—Herida en blando… que no tiene importancia. También me han hecho un rasguño en la cabeza… que me duele endiabladamente… Si llega a darme la bala un poco más abajo…

—Hubiera yo quedado dueño y señor de la guarida.

—Seguramente, Jim…, repleto de dinero y con una muchacha como una perla… Pero no ha sucedido así. —No…, no ha sucedido…, pero sucederá.


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