Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Jim ató a su silla el ramal de los dos caballos de carga, y saltó sobre el bayo… por primera vez después de varias semanas. El fogoso animal se encabritó, pero un puño de acero le trajo de nuevo a la obediencia.
Elena miraba atrás como fascinada por aquellos lugares, pero Jim mantuvo su firme mirada fija en lo que tenÃan delante, murmurando:
—Si estuviera en mi poder, destruirÃa este cubil.
Salieron del óvalo llevando los caballos de carga por delante. La lluvia caÃa en gruesas gotas que producÃan olor a polvo. El camino se extendÃa serpenteando entre las colinas; en la grieta de una mole de granito, descubrió Jim a un hombre muerto en posición supina. Pronto llegaron al ancho cauce del rÃo, en cuyo arenoso fondo se descubrÃan huellas de caballo medio borradas por el agua.
Detrás de ellos seguÃa la tempestad con sus relámpagos y truenos, cada vez más lejanos. Siguieron por el rÃo, que de pronto se ensanchaba hasta adquirir las proporciones de un pequeño valle. Empezaban a alternar con la maleza los cedros, las chumberas y girasoles. Pasaron el resguardado lugar en que los jinetes dejaron los caballos. El camino hacia el Sur era ancho y profundo.
—¿Va usted bien? —preguntó Jim.
—SÃ, bien…, pero no sé si volveré a ser capaz de sentir alegrÃa.