Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Lo que está usted es mareada. Vacila usted en la silla. Déme la mano… y no hable…, pero mire… Tal vez descubra usted algo que yo no vea.
Se acercaron por fin a la cima de un desfiladero en cuyo fondo se advertÃan huellas de caballo.
—Vinimos de noche por este camino, pero lo recuerdo —dijo ella—. ¿Lo seguiremos hasta el fin? Imposible.
—Pero es el que conduce al Rancho de la Estrella.
—SÃ, mas serÃa una temeridad el pretender seguir por el cauce del Diablo Sucio. Con las lluvias del verano, seguramente estará crecido.
—Usted lo sabrá mejor… ¡Sentirme libre…! ¡Volver a abrazar a mi hermano…! Parece un sueño.
Jim miró a través de los altos breñales y dijo:
—Hay que encontrar camino para salir de este agujero. El terreno es muy singular y no tardaré en perderme… Pero por cualquiera parte que sea, no dejaremos de encontrar un solitario barranco, donde haya hierba y agua… No puedo aventurarme a caer en las manos de ganaderos… Los ladrones no son mis únicos enemigos, y sentirÃa que me ahorcaran, por haberla salvado a usted.
—¡Ahorcarle…! ¡Oh…! ¿Por qué?