Guarida de ladrones

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Un relámpago de alegría brilló en los ojos de Jim, pero no supo qué contestar. Dejando la amplia carretera se metió por terreno desconocido y le pareció que esta separación tenía cierto inescrutable paralelo con los tumultos que encerraba su corazón. El sol se puso con un cielo que amenazaba tormenta todo alrededor del horizonte. Por el Norte retumbaban los truenos a lo lejos, y por el Sur imitaba suaves quejidos. Jim no pudo contener un enérgico juramento. Avanzaban por donde el terreno lo permitía. Montículos de tierra parda y roja, alternando con moles de roca y verdes pantanos, sucedíanse solitarios y desolados hasta perderse de vista… Jim empezó a buscar sitio favorable para establecer el campamento.

Por fin, cuando la media luz sombreaba el paisaje, Jim descubrió otro vallecito en el que crecía una hierba escasa. Algunos cedros secos parecían fantasmas y a la parte Oeste una caverna baja, abierta en la roca, ofrecía seguridad y abrigo. Wall condujo a ella los caballos y, bajándose del suyo, anunció que acamparían allí. La respuesta de Elena fue un suspiro y al intentar anearse, cayó en brazos de su salvador.




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