Guarida de ladrones

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XVI

Al mismo Jim le parecía un milagro el que hubiera estrechado a Elena contra su pecho. Su sangre circulaba con la tumultuosa precipitación del fuego que, empujado por el viento, se extiende por un bosque. Pero supo contenerse, al pensar en la confianza con que la desamparada muchacha se abandonaba a sus fuerzas, y la dejó derecha en el suelo.

—¿Puede usted sostenerse? —preguntó él.

—Lo intentaré…, pero parece que tengo las piernas muertas.

—A ver si puede andar un poco.

Elena lo probó apoyada en el brazo de Jim, quien la condujo a la caverna, dejándola sentada con la espalda y la cabeza descansando en la pared.

—No me faltan ánimos, pero la carne es débil dijo ella.

—Se ha portado usted admirablemente… El camino ha sido largo y pesado, sobre todo después de semejante día —replicó él—. Temo que he exigido demasiado de usted… Ahora descanse, mientras yo abro los paquetes… Pronto estará usted más cómoda.


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