Guarida de ladrones

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Jim se entregó con frenesí al trabajo, como si buscara en la acción física un contrapeso a su agitación. En un cuarto de hora y antes de que cerrara la noche, había desensillado y dado el pienso a los caballos, encendido lumbre y puesto agua a calentar. Traía tres cantimploras y un pellejo llenos de agua. Mientras trabajaba, discurría. Las tormentas de agua serían buenas para los caballos, pero malas para viajar. Agotaría las probabilidades, antes de aventurarse a atravesar el fatídico Diablo Sucio. En su mente surgió el recuerdo de lo que Hays le dijo una noche acerca de un maravilloso y fértil valle, más allá del río… El lugar fue en un tiempo cultivado por mormones, que después se trasladaron a otro punto. Jim haría lo posible por dar con este valle.

El diligente mozo llevó su cama a la cueva, mulló la colchoneta y extendió las mantas, echando por encima la tela encerada por si salpicaba la lluvia, cosa muy probable, pues los truenos sonaban más cerca y la caverna no era bastante profunda para resguardar por completo, a menos que el agua la azotara por detrás.

La lumbre iluminaba la caverna y de pronto se dio cuenta Jim de que Elena le observaba con los ojos muy abiertos y embellecidos por un brillo sobrenatural. La cambiante luz de la pequeña hoguera disimulaba los estragos que las pasadas semanas habían hecho en el rostro de la inglesita, prestándole una hermosura sobrehumana.


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