Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Ven, tordo —dijo llamando al caballo que cerraba la marcha. Dirigiéndose al suyo, añadió—: Firme, compañero, y si se estrecha el camino, mira dónde pones las patas.
Y se estrechó… de diez pies se redujo a siete, a seis… y aún a menos. DesprendÃan terrones de tierra, pero los caballos de carga habÃan doblado la esquina. Un extraño rumor llegó a los oÃdos de Jim… Por algún sitio cercano corrÃa agua… No se atrevió a mirar adelante, pero una terrible perspectiva le parecÃa inevitable. El retroceso era imposible… El abismo sobre el que estaba colgado aquel estrecho borde, tenÃa más de cincuenta pies de profundidad y su fondo era un cenagal.
De súbito, encontróse Jim con una nueva reducción del ya estrecho sendero, cuya anchura no llegarÃa a metro y medio. El borde se habÃa derrumbado recientemente…, mejor dicho: se estaba derrumbando; Jim oÃa el desprendimiento de la tierra, a pesar del creciente bullir del agua.
El valiente bayo marchaba con precaución y confianza; sabÃa que otros caballos con pesada carga habÃan pasado por allÃ, y él seguÃa adelante. De pronto vaciló; habÃa puesto una de las patas traseras sobre una tierra que se desprendió, pero con una sacudida saltó a otro sendero más ancho y siguió subiendo.