Guarida de ladrones

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El caballito delantero seguía chapoteando en el agua, sin compartir los temores de Jim acerca de lo que pudiera haber a la vuelta de aquel gigantesco peñasco. El Diablo Sucio trazaba una curva hacia la izquierda y podía vérsele correr en aquella dirección durante varias millas. La noche no estaba lejos, y una cercana tormenta hacía más inmediata la oscuridad.

Pasaron detrás del promontorio tomando la estrecha senda que por él subía, al que en tiempos pasados debió ser un camino. Sin el caballo delantero jamás se le habría ocurrido aventurarse por aquel despeñadero, pero el inteligente animal indudablemente buscaba un sitio conocido. Desapareció, dando la vuelta a la esquina, por un borde que escasamente tenía diez pies de ancho, húmedo, escurridizo, con chorros de agua que manaban de la roca y sembrado de pedruscos movedizos. El segundo caballo de carga, confiando en su predecesor, dobló también la esquina.

—Vamos, bayo —dijo Jim dando un ligero silbido para animar al tordo—. Salgamos de este mal paso. No mire usted, Elena.

Como ella no contestara, inclinóse Jim para mirarle al rostro… ¡Dormía! Si ya le había maravillado esta mujer bajo muchos aspectos, ¿qué impresión sería la suya a la vista de este imprevisto sueño? Por de pronto, le llenó de orgullo que puso término a sus vacilaciones.


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