Guarida de ladrones

Guarida de ladrones

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Continuó el avance Jim, consciente de que su compañera se había desmayado. La terrible naturaleza de aquel desierto y la amenaza de otra tempestad eran para impresionar hasta un ánimo tan indomable como el de Jim. Era posible que cayeran en una trampa de las que abundan en las orillas del río infernal, pródigas en desfiladeros sin salida y en pantanos de movedizas y absorbentes tierras. Y si intentaba retroceder, ¿adónde irían? Llevaban enemigos tras de sí, y no había que pensar en la guarida de ladrones como refugio. Pero aún seguía teniendo confianza en el instinto de su caballo delantero. La lluvia, que había empezado a caer de nuevo, le salpicaba el rostro y colocó a Elena de modo que volviera la espalda a la tormenta; aunque le habló, ella no dio respuesta.

Cuando calmó la tempestad, habían avanzado unas cuantas millas y se acercaban al extremo del valle. A su derecha se alzaban enormes bloques de rojiza peña sembrados de grandes pedruscos sueltos, prontos a deslizarse. La base de aquellas moles se estrechaba, empotrándose en unos bancos de tierra, cortada a pico, que daba sobre una fangosa llanura, reducida entonces por la crecida del río a una anchura de cien metros escasos.



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