Guarida de ladrones

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Cerca de la caída de la tarde abrióse momentáneamente la masa de nubes, y los rojizos rayos de sol tiñeron de púrpura las mojadas peñas y colinas.

Atravesaron nuestros fugitivos la línea de cerros que limitaba su horizonte, desembocando en, un valle largo y verde, de cuyo extremo opuesto llegaba un sordo rumor. Un río rojo, seguramente el Diablo Sucio, corría lamiendo una alta pared de tierra y en el momento en que miraba Jim, una parte de ella, minada por las aguas, se hundió con sordo estruendo.

Los restos de un camino rodeaban la base de la montaña. Aquel valle parecía el prohibido portal de un territorio aún más diabólico.

—No puedo… sostenerme… más —murmuró Elena con voz débil.

—¿Por qué no me lo ha dicho usted antes? —dijo Jim en tono de reproche—. Yo la llevaré a usted.

Ató las riendas al pomo de su silla, trasladó a Elena a su caballo, y sujetándola con el brazo izquierdo, dijo:

—Sigue, tordo.


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