Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —¿Ese sordo murmullo…? Si hubiéramos tomado por donde nos trajo…, por donde vinimos, habrÃamos perecido seguramente. ¿Les habrá pasado eso a nuestros perseguidores?
—No es de creer… Estarán resguardados en alguna meseta, o habrán vuelto atrás, en cuyo caso encontrarán nuestras huellas.
—¿Nos seguirán?
—No lo sé…, de todos modos, no tenemos tiempo que perder.
—Saldremos con bien… Me lo da el corazón… Hágame el favor de ayudarme a montar.
Cuando hubieran reanudado la marcha, Jim dio a su compañera una galleta y un poco de carne, diciendo:
—Coma usted…, no tardará en arreciar la lluvia.
En efecto, pocos instantes después caÃa un diluvio que no dejaba ver los objetos a tres metros de distancia. El caballito delantero siguió siendo digno de confianza. Jim estaba convencido de que habÃa estado por largo tiempo en aquellos solitarios parajes. Además, acá y allá encontraba trazas de haber existido allà camino, y eso le daba ánimos, suponiendo que debÃa conducir a alguna parte.
La tormenta pasó, dejando grandes charcos en el suelo y chorros de agua que se deslizaban de las rocas. Pero los arroyos estaban bajos.