Guarida de ladrones

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—Yo la llevaré a usted…, y usted no suelte la brida de su caballo —dijo Jim acercando el suyo al tordo—. Saque los pies de los estribos, e inclínese hacia mí. —La levantó en vilo, sentándola delante de él donde la sujetó con el brazo izquierdo—. Tome usted las bridas… ¡Vamos, bayo; anda, viejo perro de aguas!

El soberbio corcel soportó con brío la doble carga y apenas llegaron a la otra orilla, aumentó perceptiblemente la crecida por una nueva oleada.

—¿Ve usted? —exclamó Jim dejando a Elena en el suelo—. Si estuviéramos ahora en el centro del río, todo habría concluido para nosotros… Decididamente es palpable que la suerte nos acompaña.

—¡Dios y la suerte! —corrigió ella.

—¿Tiene usted miedo?

—Ni una pizca… En circunstancias más felices me parecería esto una aventura interesante… Voy a hacer un poco de ejercicio… Tengo las piernas entumecidas y me duele mucho el costado.

—Tiene usted una asombrosa energía. Hemos andado unas dieciocho o veinte millas… Pero no sé dónde estamos…, subimos continuamente, y me parece que oigo el rumor del Diablo Sucio.


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