Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Poco después, reuniéronse las nubes y una formidable tormenta estalló sobre los pobres viajeros. Los caballos pudieron satisfacer su sed. El agua caía a torrentes de las rocas, y Jim, sin apearse, llenó las vacías cantimploras.
Pronto empezó el camino a estar cruzado por cenagosos arroyos. El caballo de cabecera sabía lo que se hacía, y se granjeó el aprecio de su amo. Seguramente no era la primera vez que hacía el camino. La lluvia cesó, pero la inundación seguía en aumento. Por fin llegaron los fugitivos a un verdadero río, en el que los caballos de carga no se atrevieron a entrar. En cambio, el brioso bayo no demostró ningún temor. El río tenía una anchura de cincuenta metros, debía ser un crecido torrente, cuyas aguas arrastraban grandes trozos de roca. Todo era soledad y desolación. Jim no alcanzaba a distinguir ningún refugio, ni bosque ni siquiera hierba. El amo del hermoso bayo puso a prueba su resistencia. El valiente animal entró en el río sin vacilar, aunque en el centro el agua le llegaba a los flancos.
En vista del éxito, retrocedió Jim, y cogiendo del ronzal los caballos de carga, los obligó a seguirle. En poco estuvo que uno de ellos, el que llevaba la carga más pesada, no fuera arrastrado por la corriente, pero la suerte hizo que no perdiera pie, y consiguió alcanzar la orilla opuesta, relinchando de terror. Jim volvió por Elena.