Guarida de ladrones

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El paisaje que se desarrollaba ante ellos era igual al que dejaban: colinas de tierra rojiza y bloques de roca o granito flanqueados de vallecitos, con la diferencia de que iba haciéndose más despejado hacia el Oeste, a medida que por Oriente cada vez era más impenetrable la oscura maraña de aquella salvaje vegetación. Jim avanzaba sin rumbo fijo y acomodándose a las condiciones del terreno, pero manteniendo en lo posible la dirección al Norte. Los caballos de carga rompían la marcha; Jim los seguía y Elena formaba la retaguardia. Al ver su seguridad en la silla, el joven se tranquilizó un tanto. Por el presente no había temor de que hubieran de retrasar el avance. Empezó a llover, mas no por eso detuvo la marcha Jim… Había que adelantar con toda la premura que permitieran los animales de carga, marchando al trote siempre que el terreno estuviera en condiciones. Jim no podía ver más de media milla de distancia, por la densa neblina que envolvía aquel inmenso desierto. Lo parecía que derivaban al Oeste, sin conseguir cerciorarse.

Durante toda la mañana llovió a intervalos. A veces las nubes se separaban dando paso a un rayito de luz. De pronto, dejóse ver una mancha azul y el sol iluminó un altísimo picacho de extraña forma. Jim quedó sorprendido, y creyó que era uno que él había visto desde la meseta al pie de las montañas Henry y que estaba a cien millas o más hacia el Sur.


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