Guarida de ladrones

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Jim siguió a los caballos de carga por la senda de bajada, cubierta de lodo. En el valle abundaba la vegetación, además de los hermosos algodoneros. Los girasoles ardían como ígneos discos de oro entre el verde follaje. Los sauces bordeaban praderas cubiertas de hierba, profusamente salpicadas por margaritas, amapolas y otras flores campestres. A cada paso se hundían las patas de los caballos para salir arrastrando un pan de fango.

A mediodía pasaron por delante de algunas chozas abandonadas. No parecían viejas, aunque seguramente no eran muy nuevas. ¿Estaría completamente abandonado el Valle Azul…? Jim creía lo contrario, pero al descubrir una rústica iglesia sin cristales y con evidentes indicios de abandono, sintió que se le oprimía el corazón; Elena necesitaba descanso, cuidado, alimento… Él estaba al cabo de sus recursos.

Una hora más tarde pasaron ante una amplia barraca construida con troncos y piedras, inmediata a una cueva abierta en la montaña. Allí había vivido gente, pero mucho tiempo atrás. Algunas botas viejas y destrozados zapatitos de niño, junto a los restos de un carro, y una máquina de coser rota, atestiguaban, con melancólica elocuencia, que allí había habitado una familia.


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