Guarida de ladrones

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Desvanecíase la última esperanza de Jim. Aún estaban lejos de la entrada del valle, mas parecía que va habían dejado atrás la zona habitada. La tarde avanzaba, los caballos seguían chapoteando en el lodo, cada vez más despacio, cansados hasta el agotamiento, y Elena era un cuerpo muerto entre sus brazos. A punto estaba el heroico mozo de entregarse a la desesperación, cuando al doblar una esquina, frente a la ladera y un bosquecillo de algodoneros, encontróse ante un vasto espacio de tierra labrada, que tenía al fondo una casa de madera, cuya chimenea arrojaba azulada nube de humo.

Detrás de esta halagüeña transformación del paisaje, erguíase el colosal picacho con su cresta señalando al cielo, viendo en ello Jim, un significativo símbolo.

Los caballos salieron trabajosamente del terreno fangoso para tomar otra senda más alta, pero Jim dirigió el bayo hacia la casa. Jamás le causó tan inmensa alegría el oler humo, el ver un jardín y el oír ladrar un perro. Sus siempre perspicaces ojos descubrieron un hombre que también debía haberlos visto, pues salió del portal empuñando el rifle. Jim detuvo el caballo junto a la cerrada empalizada. Abundaban las flores ante la casa y la puerta de ésta estaba sombreada por una parra, lo que descubría que allí trabajaban manos femeninas. Inmediata a la puerta había una cama.


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