Guarida de ladrones

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—¡Buenas tardes! —gritó Jim a tiempo que se apeaba cuidadosamente, sosteniendo con ambas manos a Elena.

—¡Buenas tardes!, contestó el hombre mirando a los jóvenes con curiosidad exenta de malevolencia, y mientras Jim empujaba la puerta con el pie, el habitante del Valle Azul dejó el rifle junto a la pared y llamó a alguien.

Lo primero que hizo Jim fue correr hacia la cama y dejar en ella a Elena, quien, harto débil para hablar, le dio las gracias con una sonrisa. Entonces se enderezó Wall para mirar al hombre. Amigo o enemigo, tanto le importaba; tenía la certeza de que sabría obligarle a prestar a Elena los cuidados que le eran necesarios. Sabía cómo tratar a los hombres. Su perspicaz mirada, aguzada por las circunstancias, cayó sobre un sujeto robusto, de mediana edad, característico modelo del colono mormón, de faz serena y barbuda. Jim no tuvo más que mirar en sus bondadosos ojos azules para estar seguro de que el hombre, fuese quien fuera, jamás había oído nada del rapto de la hermana de Herrick.

—Muy bien venido, forastero…

—Mi nombre es Wall —dijo Jim en respuesta al saludo.

—El mío Tasker… ¿De dónde venís?


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