Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —De Durango… Mi esposa y yo nos hemos perdido… A ella le han faltado las fuerzas… y temo que esté enferma.
—Mala cara tiene… Pero el Señor es misericordioso… y tal vez sólo esté fatigada.
—¿Qué sitio es éste?
—El Valle Azul.
—Y ¿dónde está el Valle Azul?
—A sesenta millas de Torrey.
—¿Torrey…? Nunca he oÃdo hablar de ese sitio.
—Es una colonia mormónica. Yo me he establecido aquÃ, pero pronto habré de abandonar todo esto. Es inútil tratar de vencer a ese Diablo Sucio. Hace unos cinco años, más de ochenta familias vivÃan en este valle… El Valle Azul tiene su historia, amigo…
—Y yo tendré mucho gusto en oÃrla —interrumpió Jim—. Por el momento necesito ayuda… ¿Puede prestármela? Traigo dinero suficiente para pagar…
—Ya he dicho que sois bien venidos…, y guarda tu dinero. Yo y mi familia no pedimos nada por ayudar a quien lo necesita.
—Muchas gracias —dijo apresuradamente Jim—. ¿Quiere llamar a su esposa, para que se encargue de… mi… mujer?
Elena, que seguÃa mirando a Jim con sus estáticos ojos, preguntó con voz desmayada: