Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Aquella noche supo Jim la triste historia del Valle Azul, y la efímera conquista del Diablo Sucio. Como circunstancia singular y digna de llamar la atención, le dijeron que la lejana colonia fue siempre respetada por los bandidos y cuatreros de Utah, y que los jinetes que pasaron por ella, en sus días florecientes, no dejaron tras sí más que gratos recuerdos. El mormón, acostumbrado a la soledad, y sociable por naturaleza, estuvo tan comunicativo, que Jim, al acostarse, ya conocía la ruta que les convenía tomar.
Al día siguiente se levantó Elena, y aunque débil e insegura, su aspecto auguraba un rápido restablecimiento. Sus grandes ojos se clavaban en Jim, observándole en silencio. Le seguían en sus paseos por la orilla del río y bajo los algodoneros, como los girasoles siguen el astro del día.
Jim no se alejaba nunca de la vivienda, por muchos que fueron sus deseos de trepar a la peña negra. Los mormones le designaban con el nombre de «monte de carbón», pues de él extraían todo el combustible que necesitaban. Las vetas de carbón le daban aquel extraño color oscuro. Ni una mata, ni una simple brizna de hierba crecía en la solitaria montaña, que parecía imagen de la muerte. Ni aun las águilas querían anidar en ella.