Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —No tocaré ni uno solo —replicó él en tono sombrÃo.
—Eso mismo harÃa yo —exclamó Elena impetuosamente—. No es la mitad ni la cuarta parte de lo que usted merece.
—Ya sabe usted que no aceptaré dinero —replicó él con altivez.
—Entonces, ¿qué es lo que usted quiere, Jim? —inquirió ella con tentadora dulzura—. Pero dejemos eso… por ahora. Escuche… Bernie ha puesto en movimiento la región entera. Ha encargado de mi busca a todos los jinetes de la comarca… También descubrió los sitios en que Hays habÃa vendido el ganado, y ha obligado a los compradores a devolverle todas las cabezas que compraron, al precio que las pagaron, si no querÃan comparecer ante el tribunal de Lago Salado.
—Las noticias no pueden ser mejores, y esa energÃa contribuirá a terminar con el robo de ganado, al menos en grandes partidas… ¿Ha oÃdo usted si fue grave la herida de su hermano?
—No ha dicho nada sobre eso…, pero no debió serlo, porque Bernie ha estado aquÃ. ¿Y… usted? ¿No cena? ¡Oh…! Esta noche no podré dormir… ¿Qué le diré a Bernie?
Jim dejó la pregunta sin respuesta, y deseando distraer la atención de Elena, le recordó que aún les quedaban cincuenta millas por recorrer.