Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —¿Mentir usted…? ¿Por qué?
—Le dije a Tasker que era usted mi esposa.
—¡Ah…! ¿No es más que eso? —replicó ella riendo y con las mejillas cubiertas de rubor—. Ya se explicará satisfactoriamente si es necesario… Pero ¡mire usted…! ¡Qué maravilloso paÃs…! ¡No…! Jamás me marcharé de esta tierra.
Entre sustos, estremecimientos y congojas, Jim llevó a buen término la prolongada jornada, y antes de anochecer llegaron a Gran Unión, sin que le pareciera demasiado pronto al pobre enamorado.
Hizo entrar a Elena en una pequeña hosterÃa, antes de que fuera reconocida; entregó el cansado tronco al mozo de cuadra, y no se atrevÃa a entrar en el comedor ni en el salón, por temor a tropezar con amigos de Hays. Ya era tarde cuando bajó a cenar, después de haberse afeitado y vestido ropa limpia.
Con sorpresa por su parte, encontró a Elena radiante:
—¿Qué dirá usted que ha hecho Bernie?
—¿Bernie? —repitió Jim.
—SÃ, mi hermano… La posadera me lo ha dicho… Jim, tiene usted diez mil dólares a su disposición.
—¡Yo…! ¿Qué está usted diciendo?
—Lo que oye… Bernie los ha ofrecido al que me traiga a casa sana y salva.