Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Gradualmente, los caballos de carga se formaron en fila india, sin necesitar guía, y los jinetes marchaban detrás, llevando por vanguardia a Wall. Uno de los mayores placeres de éste era el montar un buen caballo y tener delante un dilatado y desconocido paisaje. Cuando hubieron subido: el lento e interminable declive que tenían delante, Jim se vio rodeado por un territorio al que no pudo: menos de rendir homenaje. Tejas, Kansas, Colorado, Wyoming y Montana dejaban mucho que desear comparados con Utah. Jim no había andado por Arizona, y no podía juzgar. Pero Utah era emocionante. A su derecha, formidables peñascos de un gris amarillento realzaban la salvaje grandeza de sus desiguales picos; al frente extendíase una vasta llanura, sin vegetación en el primer término, pero que a distancia se cubría de manchas que rompían la monotonía del gris: con un pálido verde. Al fondo, y muy lejos, las fantasmales y negras montañas de Henry amenazaban taladrar el azul del firmamento con sus afiladas crestas cubiertas de nieve.
Pero lo que principalmente fascinó las miradas del forastero fue la región situada al sur de las montañas.