Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Esos mormones se pierden de vista como hombres de negocios —observó Happy.
—Mal debes andar de crédito en RÃo Verde —dijo Brad con sarcasmo.
—Voy a deciros una cosa —gruñó Hays—. Si no fuera por lo que tengo entre manos en el Rancho de la Estrella, ahora mismo Ãbamos a coger cuanto tiene ese mochuelo en su condenada barraca.
—Vamos, de todos modos.
—Ahora, por lo menos, no… Quizá esto llegará a oÃdos… Pero hubiera dado un diente por meter una bala en las afiladas narices de Sneed. ¡Ea, muchachos…! Daos prisa, que ya estamos retrasados.
Media hora más tarde, los cuatro jinetes, seguidos por cinco caballos cargados y dos de refresco, dejaron atrás la pequeña ciudad, avanzando por la llanura con dirección al Oeste. Tomaron después una carretera poco frecuentada, paralela a la grandiosa pared de peñascos que zigzagueaba en la purpúrea y neblinosa lejanÃa.
Bajaron, una pedregosa colina provista de escasa vegetación, y tras ella se ocultaron, para no volver a surgir, las casas de RÃo Verde y sus bosques de algodoneros.