Guarida de ladrones

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—Smoky —dijo el jefe al cuarto miembro: un rubio menudo, ligero, con el rostro y las manos llenas de pecas, y uno de los ojos, pálidamente azules, defectuoso—. ¿Te acuerdas de aquel Stud Smith que siempre rodaba por las ciudades que tienen diligencia y era una especie de fullero?

—No lo he olvidado.

—Bueno, pues una noche nos pusimos a jugar una partida con él. Me favoreció la suerte, y Stud llevó tan a mal sus pérdidas, que hizo cuanto pudo por armar bronca. Primero me quiso matar a mí, después a Jim. Y lo hubiera hecho, si éste no hubiera sabido imponerse.

—Te felicito, Wall —dijo con, cierto sarcasmo Smoky, mientras examinaba a Jim con ojos poco satisfechos—. Ya que tan guapo eres, ¿por qué no tiraste sobre él?

—Nunca he matado un hombre porque tenga ocasión de hacerlo.

Estas palabras encerraban una sutil intimación, que probablemente no fue perdida para Slocum. Los grandes gunmen suelen ser gente tranquila, pacífica y que no busca disputas, pero su número es escaso comparado con el de los varios tipos de matones que abundan en los ranchos y las poblaciones fronterizas. No ignoraba Jim que su respuesta le crearía un enemigo, pues no se podía esperar respeto de hombres de aquella especie. Resollando como una comadreja, murmuró Slocum Smoky:


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