Guarida de ladrones

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El coloquio fue interrumpido por un grupo de cowboys que llevaban una manada de becerros a los establos. Cuando hubieron pasado, Herrick reanudó el paseo con Hays, dejando a Jim entregado a sus propias iniciativas.

Éste dio una vuelta por los corrales, cruzó las inmensas praderas salpicadas de ganado, y el límite del paseo fue el tinglado del herrador, hombre jovial y comunicativo, cuyo apellido era Crocker. Pertenecía al número de los rancheros que todo lo habían vendido al inglés, pero él no era mormón. Sin duda, él y sus asociados en el negocio del ganado se habían aturdido ante la desconcertante irrupción del inglés en el tranquilo valle, pero, en honor a la verdad, no ganaron mucho con el cambio.

Desde la herrería, Jim tomó el camino alto, que le condujo al espacioso: rancho. Tan reciente era su construcción que aún olía la resina de los pelados troncos y los altos pinos, y la vista general del hermoso valle causó al joven una vaga y nimia sentida impresión de envidia. ¡Qué feliz sería el que pudiera establecer su hogar en aquellos sitios y contemplar con serena mirada la vastísima propiedad, cuyos límites se extendían hasta el desierto! Esa dicha no la conocería nunca Jim Wall, a quien el Destino condenaba a una eterna vida errante.


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