Guarida de ladrones

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La hermana del inglés —esa Elena Herrick— llegaría dispuesta a tomar cariño a este salvaje y remoto valle, mas por mucho que le gustara el reunirse con su hermano y disfrutar de la primitiva vida del Oeste, semejante visita no podía menos de acabar en tragedia. De antemano, la idea aterraba a Jim. Una mujer, sobre todo si es joven y guapa, siempre es causa de desasosiego para los hombres, aunque por el momento: Jim sólo pensaba en ella. ¡Qué gente tan singular eran los ingleses! Recordó a un hijo de: la Gran Bretaña que paseaba su pulcro traje de etiqueta por las timbas de la ciudad fronteriza llamada Abilene jamás había encontrado Jim adversario más frío ni temible con los naipes en la mano. Herrick tenía cierto parecido con él, mas bajo un aspecto que denotaba el orgullo de una brillante posición, en lugar de abyección y miseria. ¿Cómo sería la inglesa? Veintidós años, robusta, buena amazona, probablemente hermosa, y casi de seguro rubia como su hermano, y Jim calculaba mentalmente los rufianes que estaban a sueldo de Herrick. ¡Dieciocho! Más, porque, incluyéndose a sí mismo llegaban a diecinueve.






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