Guarida de ladrones

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Hays fue el último que dejó de reír; indudablemente le había parecido graciosa la broma de Jim. Después dio un vigoroso asalto a la cena preparada por Happy, y al terminar ésta, dijo:

—Compañeros, vamos a celebrar junta. Recoged la mesa, venga otra lámpara y dad cartas; pondremos aquí algún dinero, y en el caso de que alguien meta las narices, diremos que estamos echando una partidita. Pero, en realidad, la partida va a ser la más importante de cuantas se han jugado en Utah.

Así fue cómo Jim Wall tomó parte en la junta en que una banda de ladrones discutió los medios de arruinar a un ranchero inglés, rico y excéntrico.

—Hablemos todos bajo —ordenó el jefe—, y uno de nosotros que vigile la puerta de vez en cuando, no vaya Heeseman a ser lo bastante listo para enviar un soplón por aquí… ¡Happy…!, desentierra la caja de cigarros que he reservado para esta ocasión.

—¡Cigarros! —exclamó Smoky.

—Hank, obséquianos con champaña —propuso Lincoln.

—Nada de bebida, muchachos —respondió el jefe—. Aquí somos gente formal. No se bebe, ni se juega, ni se disputa, ni se pelea. El que no esté conforme con este programa, puede tomar la puerta.


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