Guarida de ladrones

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Sus palabras produjeron inmediato revuelo. Jim, sin apresurarse, entró el último, justamente en el momento en que Smoky estaba a punto de sentarse en su banquillo de madera situado a un extremo de la larga mesa. El joven separó el banco de un puntapié, y, simultáneamente, Smoky dio con su cuerpo en tierra, quedando en ridícula postura. Entre el coro general de carcajadas, las de Hays fueron las más ruidosas.

Levantóse el hombrecillo frotándose la parte lastimada, y se encaró con Jim, vociferando:

—¿De qué te sirven los ojos? Accidentes como ése han costado la vida a más de cuatro torpes como tú.

—Smoky…, no quiero mentir —contestó Jim riendo—. No ha sido accidente.

—¿Quieres decir que lo has hecho adrede?

—Le pegué una patada al banquillo… No me pude contener… Lo mismo habrías hecho tú.

—¡Así me…! —exclamó Smoky, enfurecido—. Conque tenemos un bromista en la banda, ¿eh? Pues mucho ojo, señor de Wyoming, algún día que estés tú sentado, le pegaré fuego al asiento… Reíd cuanto queráis, borricos, pero ninguna gracia tiene… Por poco me rompo los dientes.


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