Huracán
Huracán Lucía estaba radiante y palpitaba de amor por todo cuanto alcanzaban a ver sus ojos desde lo alto de su cabalgadura: el caserío verde y florido, que quedaba allá, a su espalda, entre la belleza de una ladera de salvia y la irreal aridez de las cumbres; el rápido caudal del Colorado que retumbaba proceloso en el fondo de los abismos; los grupos de indios que, con vistoso aspecto, cabalgaban por la orilla; el águila que se cernía en las alturas, como una pluma flotante, a unos dos mil metros de elevación, sobre los rebaños que pacían formando negras manchas en el praderío; el intenso y aterciopelado azul de los cielos; el dorado sol de las cúspides escuetas y la bruma de color lila de las hondonadas; el suave grito de la golondrina que salía veloz de una barranca, recibiendo de frente el soplo de los magueyes de pintadas lanzas; el impresionante silencio, la sierra del fondo, el arrebol de la lejanía.
