La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Carecía de astucia. Y lo que más llamó la atención de Duane era el deseo que ella tenía de que la respetase. Y, más que en su vanidad, creyó haber descubierto en aquello algo que le permitiría dominarla a su antojo.
Mientras revolvía estos pensamientos en su mente, miró al interior de la casa y, hundida en las sombras de un rincón, divisó el pálido rostro de Jennie, que fijaba en él sus grandes ojos. Le había estado observando y escuchó lo que decía. A juzgar por la expresión de la joven dióse cuenta de que ella acabó por convencerse de lo que antes no quería creer. Aprovechando un momento favorable, le dirigió una mirada, y, entonces, pudo observar un cambio maravilloso en su rostro.
Y mucho después, tras de haberse despedido de la señora Bland con un «adiós, hasta mañana», vióse andando al lado del forajido, con la mente fija en la joven y no en la señora Bland, recordando, al mismo tiempo, como pudo ver su rostro iluminado por la esperanza y por la gratitud.