La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Capítulo X

Donde el río Nueces hacía correr sus claras aguas entre unas amarillentas y altísimas orillas había una diminuta cabaña o choza formada por unos postes de mezquite que sostenían un tejado. Aquella choza fue construida mucho tiempo atrás, pero estaba bien conservada. Una puerta daba al sendero, casi cubierto de vegetación, y otra miraba a una garganta en que crecían muy espesos los arbustos. En aquella región fronteriza, los fugitivos de la ley y todos cuantos se ocultaban huyendo de algún enemigo jamás vivían en casas de una sola puerta.

Era un lugar salvaje y solitario propio sólo de un forajido, y ninguno se habría marchado de allí a gusto para ir a esconderse a otro sitio de aquel país desierto. En el fondo de la quebrada abundaba siempre el agua potable, había hierba todo el año, escondrijos frescos y umbríos, gamos, conejos, pavos, frutas y millas y millas de profundos y tortuosos cañones, llenos de peñascales y de impenetrables espesuras. Allí se oía el rugido de las panteras, los aullidos de los gatos monteses y la tos del jaguar. Innumerables abejas zumbaban por entre las flores primaverales y parecía como si dispersaran la miel en todas direcciones. Durante el día oíase el continuo canto de las aves y sobresalían las notas profundas y dulces del pájaro burlón, que dominaba a todos los demás.


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