La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Lo más extraño del recuerdo de Jennie era la precisión con que conservaba su imagen en la memoria, y ni los años, ni las penalidades, ni las luchas y las muertes pudieron disminuir la memoria de la joven ni apagar el pensamiento de lo que pudiera haber sido de su vida. Tenía un maravilloso poder para evocar las imágenes. Cerrando los ojos podía ver a Jennie ante él con tanta claridad como si fuese de carne y hueso. Dedicábase a esta ilusión durante muchas horas, soñando en una vida que nunca había conocido y que, seguramente, no llegaría a conocer. Volvía a ver la graciosa y esbelta figura de Jennie y el astroso traje pardo que llevaba cuando la conoció en casa de Bland, y sus piececitos, calzados con sandalias mejicanas, y sus manos finas, endurecidas por el trabajo, así como sus desnudos brazos y su redonda garganta sobre la cual se destacaba el hermoso rostro pálido y triste animado por los oscuros y grandes ojos. Recordaba todas las miradas que ella le dirigió, cuantas palabras pronunciara y todas las ocasiones en que sintió el contacto de sus manos. Recordaba su belleza y la dulzura de su carácter y ciertos detalles que le daban casi la seguridad de que ella acabó por amarle; esforzóse en pensar en todo esto y no en la vida que la pobrecilla llevó en casa de Bland, ni en la fuga con él, ni en su segundo cautiverio, porque tales recuerdos sólo le proporcionaban una pena amarga e inútil. Y tenía que luchar con sus sufrimientos, porque le roían el corazón.