La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Cada una de sus víctimas, sola y colectivamente, presentábase a él de nuevo con fría y serena acusación, para dominarle en aquellas horas de tortura. No le echaban en cara la deshonra, la cobardía, la brutalidad o el asesinato; tan sólo le acusaban de ser un instrumento de muerte. Era como si, mejor enteradas que cuando vivían, hubiesen averiguado que la vida es un don divino y misterioso que no debe arrebatarse a nadie. Y le envolvían con su silenciosa presencia, girando a su alrededor, sin dejar de mirarle con sus ojos incorpóreos.