La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Duane lo sabía muy bien porque les vio sufrir el castigo y, además, conocía mejor aún la vida interior del pistolero, de aquella clase selecta, pero no menos numerosa, de la que él mismo formaba parte. El mundo les juzgaba a él y a sus compañeros como máquinas criminales, dotadas de la inteligencia precisa para perseguir, alcanzar y matar a otro hombre. Duane tardo tres interminables años en comprender a su propio padre y se convenció, sin duda alguna, de que los pistoleros como Bland, Alloway y Sellers eran la personificación del mal y no tenían remordimientos y ninguna Némesis espiritual les acosaba; pero, en cambio, tenían algo más torturador aún, algo que destruía más todavía el descanso, el sueño y la tranquilidad, y este algo era un miedo loco a la muerte. Duane lo sabía porque mató a aquellos hombres y pudo observar la rápida y oscura sombra que cubría sus ojos, el presentimiento de que su voluntad no sería dominante y luego la horrible certidumbre de que se morían. Aquellos hombres debieron de sufrir una agonía intensa en todos sus encuentros con un enemigo posible o cierto, y su dolor y su agonía fueron bastante mayores que el daño que pudiera causarles una herida de bala. Sufrían, pues, ese miedo, gracias a que todas sus víctimas les decían desde la tumba que nada había tan inevitable como la muerte, que les acechaba desde todos los rincones, escondida en las sombras y agazapada en todo oscuro cañón de arma de fuego. Aquellos hombres no podían tener ningún amigo; tampoco era posible que amasen y confiasen en una mujer. Sabían muy bien que la única posibilidad de salvar la vida consistía en estar siempre alerta, en valerse de su habilidad y destreza con las armas; pero tal esperanza, debida a la misma naturaleza de la vida que llevaban, no podía ser duradera. Ellos mismos se habían condenado. ¿Qué podía, pues, existir en lo profundo de su mente, cuando iban a tenderse en sus yacijas, en una noche estrellada como aquélla, rodeados de misterio, de silencio y de sombras, mientras el tiempo transcurría y el oscuro porvenir y sus secretos se acercaban a ellos a cada hora?… ¿Qué podían esperar sino el infierno? Lo que llenaba la mente de Duane no era el miedo al hombre ni a la muerte. Habríase alegrado de poder soltar la carga de su vida, siempre y cuando la muerte hubiese llegado de un modo natural. Muchas veces se la había pedido al cielo, pero el espíritu de conservación, extraordinariamente desarrollado en el hombre, le prohibía el suicidio llevado a cabo por sí mismo o buscando la ocasión de recibir una bala enemiga. A veces tenía la vaga idea, que apenas analizó, de que aquel instante llegó a hacer habitable el Sudoeste para los hombres blancos.