La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Escucha, hijo, y acuérdate de mis palabras —replico el tÃo con grave acento—. Nunca olvides lo que voy a decirte. Tú no tienes la culpa de lo ocurrido. Me agrada ver que lo lamentas, porque eso demuestra que tus sentimientos no se han endurecido y que no tienes instintos criminales. Eres inocente. La vida de Texas es asÃ. ¿Cómo hubieras podido tú negar, además, la sangre que te dió el ser? Vivimos en unos tiempos muy duros. La ley, que la policÃa rural está imponiendo en todas partes, no puede transformar la vida en unas horas. Tu misma madre, a pesar de lo buena que es, ha contribuido a que seas como eres. Ella llego a este paÃs en tiempos de los primeros colonos, cuando la lucha era lo normal y corriente en toda la región. Esos años de vida violenta y aventurera, antes de que nacieras tú, desarrollaron en ella el instinto de la lucha para salvar su vida y la de sus hijos, y ese instinto se ha concentrado en ti. Han de pasar muchos años antes de que los jóvenes nacidos en Texas pierdan esos instintos bélicos heredados.
—¡Soy un asesino! —exclamo Duane, estremeciéndose.
—No, muchacho, no lo eres. Y no lo serás nunca. Pero no tendrás más remedio que huir como un forajido hasta que el tiempo te permita volver sin peligro.
—¿Un forajido?